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Así pues, el objetivo fundamental de este artículo es la divulgación del arte rupestre de Piedras Pintadas que permita su posterior estudio más exhaustivo por parte de especialistas en arte rupestre que cuenten con los medios y recursos apropiados, dada la relevancia del lugar. Y ello tanto desde una perspectiva específica como más general que englobe las manifestaciones rupestres halladas en todo el país – en especial las de su entorno más inmediato, como es el caso de los petroglifos hallados en la cuenca del río Estelí y sus alrededores estudiados por Bayardo Gámez (2) - e incluso la realización de estudios comparativos con las existentes en los países vecinos, especialmente Honduras (3) por su cercanía geográfica y contactos comerciales evidentes, como veremos más adelante. De hecho, es significativa la ausencia nicaragüense en Rupestreweb, lo que se debe no a la carencia de este tipo de manifestaciones en el país sino a la falta de estudios sobre las mismas, inexistentes en el caso particular de Piedras Pintadas, de ahí, pues, la publicación de este artículo en mencionada publicación electrónica especializada en la investigación del arte rupestre de América Latina, si su dirección a bien lo tiene, y que ya desde aquí se agradece de antemano.
Finalmente, en relación con nuestro objetivo especificado más arriba, el trabajo se divide en una serie de apartados que pasan por la localización del lugar, el comentario del medio geográfico en el que se ubica, la descripción de los petroglifos y pictografías con mención de los escasos estudios e interpretaciones sobre los mismos, su posible vinculación etnohistórica y por último la relación de fuentes bibliográficas en las que se apoya este artículo, a lo que se añade una serie de mapas y fotografías ilustrativas. LocalizaciÓn La comunidad de Icalupe forma parte de la Micro Región I del Municipio de Somoto, incluida dentro de las llamadas comunidades de la frontera ya que se encuentra ubicada en el borde fronterizo con la República de Honduras, y situada a unos 30 kilómetros al noroeste de la capital departamental de Madriz, con la que la une una pista o calzada de tierra que se encuentra en general en buen estado de conservación teniendo en cuenta la zona montañosa por la que discurre la mayor parte de su trazado. Icalupe cuenta con un total de 68 viviendas para un total aproximado de 261 habitantes. Por su parte, las manifestaciones rupestres del Parque Ecológico Municipal Piedras Pintadas se encuentran aproximadamente a 3’5 kilómetros de la comunidad de Icalupe y se accede a ellas a través de un camino de tierra que está proyectado mejorar, tarea por otro lado necesaria para fomentar la visita turística del parque en su conjunto, al lado de una quebrada denominada Aguas Sarcas, que hoy en día discurre seca o con poco caudal durante la mayor parte del año, y a la que se baja por una serie de accesos de dificultad variable.
El medio geográfico Como puede observarse en el mapa de localización de Nicaragua, Piedras Pintadas se encuentra en la zona noroeste del país, conocida generalmente como Las Segovias, región de montañas muy variables con un drenaje dendrítico en parte controlado por fallas y fracturas. La zona se caracteriza por el gran volumen y predominio de rocas volcánicas del terciario que datan desde la época eocena hasta el plioceno. El cuaternario volcánico se conoce en escala reducida y muy dispersa. Dada su historia geológica la zona posee una gran cantidad de yacimientos líticos que representaban recursos estratégicos para los grupos humanos en tiempos precolombinos, además de los de oro que motivaron a los primeros colonizadores españoles la conquista de estas tierras. Al mismo tiempo que los cerros altos se han ido formando algunos valles fluviales y llanos que representan las únicas tierras planas de la región. Los valles más grandes están formados por los valles de Somoto y Pueblo Nuevo, ya en el departamento de Estelí, donde se concentran los suelos más aptos para la agricultura, si bien están considerados de fertilidad moderada y en algunos casos de baja fertilidad; se caracterizan por ser suelos franco-arcillosos de color negro. En cuanto al sistema fluvial de la zona está conformado por dos cuencas principales. La más importante pertenece al curso superior del río Coco, que toma como afluentes a los ríos Inalí y Yari en el valle de Somoto y más abajo recibe a los de Pueblo Nuevo y Estelí. La otra cuenca está formada por los ríos que desembocan en el Pacífico, especialmente el río Queso. Sin embargo, la observación más importante sobre la ecología de la zona, para la reconstrucción de la organización de los grupos precolombinos, está relacionada con su ubicación en una zona de vegetación donde predomina el bosque de tierras altas de pinos y robles, por lo que los grupos situados en estos parajes tendrían acceso a ciertos recursos no disponibles en otras zonas y formaría la base para iniciar y controlar redes de intercambio. En un documento de 1581 se describe esta zona de la manera siguiente: «En las montañas hay pinos altos y robles y otros árboles diferentes y en parte de estas montañas se saca mucha brea y alquitrán y trementina. Los ríos son abundantísimos de pescado de diferentes géneros. Hay en ellos muchos caimanes. Hay en esta tierra muchos venados, puercos de montes y conejos y armados y guatuzas y perdices y codornices y tigres y leones y adibes (sic). Los indios tienen pesquerías en los ríos… Las aves que aquí se han visto son garzas y patos y gavilanes y alcatraces y palomas torcazas y tórtolas y papagayos y catalnicas. En los montes hay ardillas y pavas y cógese mucha miel en los pinales… Los indios de estos pueblos siembran legumbres y cogen melones y xicamas y camotes y batatas y piñas, plátanos y tabaco y otras frutas (4)».
A la par de estos recursos naturales de la zona, también por la propia naturaleza geológica de la misma muchos yacimientos líticos debieron ser aprovechados, como ya se ha comentado, caso por ejemplo del yacimiento de obsidiana ubicado en el pequeño pueblo hondureño de Güinope, muy cerca de la actual frontera con Nicaragua, y que pudo proporcionar cantidades suficientes para intercambiar con otras áreas, de hecho aún es posible hallar restos de este material en superficie en la zona de Piedras Pintadas. Además, metales como el oro fueron muy seguramente utilizados por los indígenas para intercambios comerciales ya sea en materiales trabajados o en forma bruta. Así, la presencia de metales como el oro fue lo que motivó las primeras incursiones españolas en las Segovias a partir de 1525 (5).
DescripciÓn de los petroglifos y pictografÍas Las manifestaciones rupestres de Piedras Pintadas constituyen uno de los ejemplos más sobresalientes existentes en Nicaragua, pues además de aunar petroglifos y pictografías, éstas están policromadas con cuatro pigmentos: rojo ocre, amarillo-anaranjado, azul y violeta, siendo uno de los pocos ejemplos de policromía que se conservan en el país y el único en el que se utilizan tantos pigmentos. Además, hay que subrayar lo inusual del color violeta en el arte rupestre pictográfico prácticamente a nivel mundial.
Los petroglifos y pictografías se ubican en un farallón rocoso de aproximadamente 15 metros de altura que posee forma de abrigo natural, por lo que su elección pensamos que no fue casual para realizar las representaciones, que alcanzan los 8-10 metros de altura y un ancho de similar longitud en su parte baja aunque disminuye en altura. También es significativo que, en general, los petroglifos se sitúan en la parte baja mientras que las pictografías se localizan en las partes más altas, lo que puede sugerir una idea de conservación y/o perdurabilidad por parte de sus autores. Los petroglifos ocupan las partes más bajas del farallón, como se ha dicho, aunque también se extienden a cierta altura, realizados creemos mediante la técnica del rallado en aquellos casos en los que el trazo no es muy grueso y mediante la de percusión en aquellos otros en los que el grabado es más profundo, aprovechando en lo posible las formas de la roca. Muchos de ellos, sobre todo los que se sitúan en las zonas más accesibles, se encuentran marcados en blanco con una especie de tiza, lo que puede constituir una grave alteración de los mismos ya que posee todos los indicios de no ser original. En cualquier caso, existe una gran profusión de petroglifos, muchos de los cuales están superpuestos, especialmente sobre muchas pictografías - lo que puede sugerir su realización en diferentes momentos – y los hay de múltiples formas. Predominan, eso sí, por una amplia mayoría además los grabados de caras o rostros, de diferentes tamaños, que no sabemos a ciencia cierta si representan calaveras o posibles máscaras ni obviamente su significado exacto, aunque algunos especialistas (6) se refieren a Piedras Pintadas como un lugar de sacrificios precisamente por la cantidad de este tipo de representaciones que ellos identifican con calaveras, aparte de otros de índole ritual como veremos; pero también existen representaciones zoomorfas, abstractas y otras de carácter antropomorfo, donde sobresale una posible representación de un sacrificio e incluso otra se cree que puede representar una figura embrionaria, de todas las cuales se añaden ejemplos ilustrativos a continuación (las fotografías son del autor a excepción de las indicadas de otro modo).
También en la propia comunidad de Icalupe existe en una finca propiedad privada una piedra un poco menor de un metro cuadrado de superficie que contiene petroglifos, en no muy buen estado de conservación pero todavía apreciables, lo que hace necesaria la prospección arqueológica de todo el área circundante a Piedras Pintadas. Por su parte, las pictografías suelen ocupar las zonas más elevadas y se utilizaron cuatro pigmentos en su realización, como ya se dijo anteriormente, que fueron: rojo ocre, amarillo-anaranjado, azul y violeta, lo que hace de Piedras Pintadas uno de los escasos ejemplos de pintura rupestre en el que se utiliza este último pigmento y que puede apreciarse en las manchas que adornan la figura de un ganso, (7) una de las más espectaculares del conjunto y que además posee la particularidad de tener su contorno grabado, como podrá apreciarse en la fotografía que mostramos más adelante. Las pictografías se restringen a figuras humanas (también se observan dos manos pintadas en negativo) y de animales, predominando las primeras y entre las que destaca una por encima de las demás – y esto desde un punto de vista literal, pues se sitúa a mayor altura que el resto presidiendo la escena – que se asocia con la figura de un chamán o jefe tribal, tanto por su ubicación como por su mayor tamaño, indicio de su superioridad jerárquica. También su propia representación es reveladora, con los brazos en alto y, aunque viste falda, se muestran sus grandes atributos masculinos, símbolo asociado normalmente a la fertilidad; en su pecho han grabado posteriormente un rostro, mientras que a ambos lados se representan dos recipientes cuyo significado puede estar relacionado con la abundancia o incluso con el comercio, pues se considera que Piedras Pintadas era un lugar de paso o al menos próximo a una antigua ruta comercial precolombina, (8) como atestiguan las diferentes escalinatas esculpidas en la roca alrededor de esta zona.
VinculaciÓn etnohistÓrica Si la distribución de los grupos indígenas que habitaban Nicaragua al tiempo de los primeros contactos con europeos, en los siglos XVI y XVII, puede ser fácilmente establecida, según Jaime Incer, (9) a partir de las cartas y crónicas escritas por navegantes, exploradores, conquistadores, frailes y cronistas, quienes fueron los primeros en recorrer las costas o internarse en el país con el objeto de cristianizar a los indios o entablar comercio con ellos. En cambio, las fronteras de esta distribución étnica en Nicaragua aparecen aún difusas en gran medida para los momentos previos a la conquista y colonización española, tanto que incluso la información etnohistórica de primera mano que permita reconstruir los grupos que ocuparon Las Segovias, donde se localiza Piedras Pintadas como ya sabemos, al momento de la conquista es muy escasa.
En cualquier caso, Incer ha establecido en líneas generales que el modelo de asentamiento indígena fue de invasión a los mejores territorios que encontraban, desplazando a los vencidos hacia lugares ecológicamente menos fértiles. En otras palabras: de la región del Pacífico a la meseta central, o de ésta a la costa atlántica. Así, históricamente hablando, los nicaraos desplazaron a los chorotegas de las tierras planas de Rivas a las secas colinas de Nicoya. Éstos anteriormente habían expulsado a los chontales y corobicis hacia las mesetas y serranías centrales de suelos más pobres. Las tradiciones de los actuales indígenas de la costa atlántica recuerdan un más antiguo éxodo: de Rivas a Chontales y después a la selva y costa del Caribe. Todos estos movimientos poblacionales tuvieron lugar en los setecientos años que precedieron la llegada de los españoles, durante los cuales el actual territorio nicaragüense experimentó la invasión sucesiva de tribus del norte y la retracción de los grupos sureños hacia terrenos más inhóspitos y selváticos. Lo singular del caso es que los invasores norteños, que bajaron del centro de México y de la región de Chiapas, eran a su vez tribus sometidas y expulsadas durante los trastornos sociales que se produjeron a la caída de Teotihuacán y de Tula (10).
Por lo que respecta a nuestra zona objeto de estudio y siguiendo de nuevo a Incer, en la meseta central y extendiéndose hasta la región noroeste de Nicaragua vivían los chontales, a quienes en principio hay que atribuir la realización de las manifestaciones rupestres de Piedras Pintadas, así denominados en las primeras crónicas y rebautizados como matagalpas por el lingüista Daniel Brinton a finales del siglo XIX. Los documentos coloniales, así como la toponimia, indican que este grupo estaba relacionado con los ulúa-lencas del sur y centro de Honduras, más que con el tronco sumu-misquito, en donde algunos lingüistas usualmente lo clasifican. Fernández de Oviedo y López de Gomara mencionan a la chontal como una de las lenguas habladas en Nicaragua en el siglo XVI. Ambos cronistas calificaron el idioma como “rudo y serrano”. Era tan difícil vocalizarlo que las tribus de origen mexicano apodaban a los chontales “populucas”, o sea, tartamudos. Oviedo ubica a los chontales al otro lado de los lagos: “moran en las sierras o en las faldas dellas”, es decir, en las estribaciones occidentales de la meseta central que miran hacia la depresión lacustre. Su distribución original se extendía desde las alturas de Nueva Segovia hasta las de Chontales propiamente dichas. Los chontales del extremo occidental de Nicaragua también dieron guerra a los nahuatlatos, según lo supo Oviedo de boca del cacique Ayatega. Los primeros españoles que fueron en busca de oro a los ríos de Segovia sufrieron también el ataque de los chontales, quienes asaltaron los establecimientos mineros en Olancho y junto al río Coco. A principios del siglo XVII, sin embargo, ya habían sido sometidos, de ahí que el apelativo de “bárbaros” con que se les calificaba fuese cambiado a “brutos”, según un comentario de Vázquez de Espinosa: «Los indios son los más rústicos de aquellas provincias, en tanto grado que cuando en las otras se dice alguna pesadumbre a alguno, le dicen que es un Chontal, que es cuanto se le puede decir en razón de bruto» (11).
Los chontales de la región de Segovia, sin embargo, siguieron hostigando a los pueblos españoles de frontera, destruyendo la Ciudad Vieja en 1611. Fueron también llamados xicaques, que al igual que chontales significa en náhuatl bárbaros o extranjeros. Evidencias históricas demuestran que tanto éstos como aquellos hablaban la misma lengua. La presencia de los chontales al norte del Río Grande es confirmada por Oviedo cuando dice: “En la gobernación de Nicaragua, entre los indios chondales, en aquellas sierras hay pinares”. Las escasas referencias que los cronistas ofrecieron sobre los chontales, más su aislamiento en una región casi desconocida en el siglo XVI, son responsables que los etnólogos hayan fallado en reconocer cierto status para este grupo. Lingüísticamente hablando, la toponimia chontal-matagalpa está relacionada con la lengua de los ulúas que vivían alrededor del golfo de Fonseca. Así, Walter Lehmann identificó que en los pueblos salvadoreños de Cacaopera y Lislique, al otro lado del golfo, también se hablaba el matagalpa, cuya relación con el lenca del centro y sur de Honduras parece más estrecha que con el sumu y el misquito. En suma, todas las evidencias parecen confirmar que los chontal-matagalpas del noroeste de Nicaragua estaban emparentados por lengua con los ulúas del sur de Honduras y con los cacaoperas y potones del oriente de El Salvador (12).
No obstante, los grupos chontal-matagalpas han sido clasificados lingüísticamente de varias maneras. Por una parte se considera que ellos pertenecen al tronco misumalpense como lo sostienen varios investigadores. Constenla afirma que: “El matagalpa es una de las cinco lenguas integrantes de la estirpe misumalpense cuya propuesta fue acertadamente hecha por Walter Lehmann, que incluiría a los sumus, el misquito y el ulúa, y el matagalpa y el cacaopera”. Más adelante afirma que estas lenguas se hablaban desde hace muchos años en el territorio y no como se consideraba anteriormente como producto de migraciones recientes desde Sudamérica. Por su parte, Eugenia Ibarra sostiene que los matagalpas estaban emparentados con grupos chibchoides sudamericanos. Recientemente Werner ha sugerido la posibilidad de que los matagalpas podrían estar más asociados con grupos putun-mayas, afirmaciones basadas principalmente en algunos datos etnográficos y lingüísticos, aunque él mismo sostiene que es muy prematuro para conclusiones definitivas (13).
Si la filiación lingüística de estos grupos es problemática, la organización socio-política de los matagalpas es más incierta todavía. Incer sostiene que éstos estaban organizados en pequeñas bandas dispersas en las sierras y valles de la región central, pero afirma que «no existen documentos que demuestren que tales indígenas tenían centros poblados de importancia como los establecidos por los chorotegas, maribios y nicaraos en la región del Pacífico de Nicaragua, ni cuáles eran las costumbres por las que se les temían, o tenía como gente atrasada». Por su parte, Newson cree que los grupos que conforman la zona no mesoamericana de Nicaragua estaban más bien organizados por medio de sociedades tribales. Conclusiones diferentes son las aportadas por Ibarra, quien cita algunas características de estos grupos que son compartidas por las sociedades organizadas a nivel de cacicazgo, los cuales estarían integrados en un sistema tribal, y que estos podrían formas alianzas y confederaciones a las que recurrieron para enfrentar las penetraciones coloniales en Las Segovias, demostrando un sistema de organización militar bastante especializado. Este modelo podría tener muchas similitudes con zonas del valle central y atlántico de Costa Rica, es decir, dentro del área de “tradición chibchoide”. De acuerdo con Lange, las culturas precolombinas que habitaron el sur de la actual frontera con Honduras presentaban evidencias de haber sido entidades políticas independientes, de tamaño relativamente pequeño, funcionando dentro de un ambiente multiétnico sin ninguna organización política, económica o religiosa para integrarlos. Contrariamente a Lange, Eugenia Ibarra propone que los matagalpas estaban organizados socialmente dentro de un sistema de rango. Ella lo define de la siguiente manera: «Es muy poca la información documental respecto a la organización sociopolítica de los matagalpas, hasta el momento podemos proponer un sistema cacical dentro de un nivel de integración tribal». Esta inferencia es compartida por Lara Pinto, cuando afirma que al comienzo del siglo XVI el sistema político de la parte central y oeste de Honduras se caracterizó por cacicazgos y quedaron en los documentos etnohistóricos del siglo XVI clasificados como “provincias”. Lara Pinto al igual que Ibarra da importancia al rol que juega la etnicidad en la formación de alianzas entre individuos del status de cacique con implicaciones que posibilitan relaciones económicas y políticas (14).
En
cuanto a la región de Las Segovias en concreto, la presencia de lugares como
Guiligüisca, El Fraile y Las Tapias, todos clasificados como centros regionales,
parecen indicar la evidencia de un patrón de asentamiento que manifiesta una
tendencia hacia el desarrollo de una sociedad centralizada, con los requisitos
para la clasificación de cacicazgo simple o sociedad estatal no centralizada.
Estos tres centros podrían haber sido las cabeceras o sedes de grupos de élites
emergentes que controlaban a través de alianzas los sitios de rangos menores
como pueblos nucleados o aldeas dentro de su territorio. De acuerdo a los datos
cronológicos actuales, este fenómeno pudo alcanzar su máximo desarrollo en la
Fase Pueblo Nuevo tentativamente datados entre los años 600-800 d.C. Fenómenos
parecidos se pueden encontrar en las áreas adyacentes a Las Segovias,
principalmente se observa que en la parte sureste de Honduras aparecen sitios
que mantienen un control centralizado y además de la aparición de sitios que
presentan muros defensivos lo cual podría significar el desarrollo de
sociedades cacicales. Estos centros podían controlar el traspaso de mercaderías
y también como lo señala Dixon para el caso del sitio La Hoya y Tenampúa podían
controlar yacimientos de materiales líticos como la obsidiana. Hasseman por su
parte mantiene que durante el periodo 500-1000 d.C. se observa un crecimiento
súbito y de «una fluorescencia de patrones de organización más compleja» (15). En este sentido, pensamos que un estudio pormenorizado de las manifestaciones
rupestres de Piedras Pintadas puede ayudar en esta tarea constituyendo una
nueva fuente de información, pues la superioridad jerárquica de la figura que
hemos asociado con un chamán o jefe tribal es desde el punto de vista
pictográfico manifiesta, lo cual pensamos habría de tener su correspondencia en
la organización socio-política.
Asimismo,
los estudios sobre patrones de asentamiento permiten inferir procesos
socioculturales en el pasado, lo que unido al control de la cronología, basada
principalmente en el estudio de los patrones decorativos de la cerámica y las
excavaciones arqueológicas, permiten realizar dataciones cruzadas con otras áreas
adyacentes, pudiéndose fechar la mayoría de los asentamientos de Las Segovias
entre los años 400-800 d.C., aunque son necesarios más trabajos para refinar la
secuencia cronológica (16) Precisamente dentro de este espacio
temporal se incluye en principio la realización de las manifestaciones
rupestres de Piedras Pintadas, datación que al parecer se vincula con cerámica
aparecida en las inmediaciones del lugar, pero a la que no hemos tenido acceso,
pues al menos en Somoto se desconoce su paradero exacto. Así pues, hemos de
considerar esta datación con muchas reservas e insistir en la necesidad de
realizar un estudio pormenorizado de Piedras Pintadas, pues en este caso la
cronología es un buen indicador de nuestra falta de conocimiento del lugar.
Además, aunque de forma preliminar todavía, estos autores atendiendo a la distribución espacial, la densidad de restos materiales en la superficie, el área de actividades precolombinas y la cantidad de montículos presentes han clasificado y jerarquizado los sitios arqueológicos en las siguientes categorías: aldea o caserío, pueblo, centro local o pueblo nucleado, centro regional y sitio de petroglifos sin otros vestigios culturales (17). En efecto, es en esta última categoría donde habría que incluir a Piedras Pintadas - con la salvedad, eso sí, de existir también pictografías además de petroglifos que lo convierten en un lugar excepcional dentro de su contexto - pues no parece constituir un lugar de habitación sino, en todo caso, un centro de carácter ceremonial.
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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ESPINOZA PEREZ, Edgar; FLETCHER, Laraine y SALGADO GALEANO, Ronaldo (1996): Arqueología de las Segovias: una secuencia cultural preliminar, Managua, Instituto Nicaragüense de Cultura y Organización de los Estados Americanos. GÁMEZ MONTENEGRO, Bayardo (2004): Petroglifos de la cuenca del río Estelí y sus alrededores, Estelí, Asociación para la Investigación del Desarrollo Sostenible de Las Segovias ADESO. Artículo basado en los resultados de su investigación titulada: Registro arqueológico de los petroglifos de la cuenca del río Estelí. GÁMEZ, Bayardo y LARIOS, Deymins (2013-2014): Visitas de campo sitios arqueológicos, Somoto. GUERRERO C., Julián N. y SORIANO, Lola (1971): Madriz (Monografía), s.l. INCER, Jaime (1991): Grupos Indígenas de Nicaragua en los Siglos XVI y XVII, Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación, Nº 69, septiembre-octubre 1991, Managua, Banco Central de Nicaragua. MARTÍNEZ CELIS, Diego y BOTIVA CONTRERAS, Álvaro (2007): Introducción al arte rupestre, en Rupestreweb, http://www.rupestreweb.info/introduccion.html RODRÍGUEZ MOTA, Francisco y FIGUEROA, Alejandro J. (2007): Avances significativos en torno al Proyecto de Arte Rupestre (PARUP) del Instituto Hondureño de Antropología e Historia, en Rupestreweb, http://www.rupestreweb.info/parup.html SEGLIE, Dario (2004): Arte rupestre y escuela: la conservación preventiva, en Rupestreweb, http://www.rupestreweb.info/escuela.html | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||