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En este sentido el patrimonio cultural se entiende como “el conjunto de bienes y manifestaciones culturales materiales e inmateriales, que se encuentra en permanente construcción sobre el territorio transformado por las comunidades. Dichos bienes y manifestaciones se constituyen en valores estimables que conforman sentidos y lazos de pertenencia, identidad y memoria para un grupo o colectivo humano” (Ministerio de Cultura, 2005). Para su gestión, el patrimonio cultural se suele abordar de manera compartimentada en dos grandes grupos: bienes materiales (o tangibles) y manifestaciones de indole inmaterial (o intangibles). Los primeros a su vez se dividen en muebles e inmuebles y pueden correponder con diversas categorías temáticas (histórico, arquitectonico, industrial, arqueológico, etc.). Además de bienes o manifestaciones particulares, el patrimonio cultural también se expresa y contiene en los denominados sitios de significación cultural (Carta de Burra, 1999), los cuales
Como una manera de integrar tanto los conceptos como los elementos constitutivos del patrimonio cultural y el natural surge la categoría de paisajes culturales, los cuales “representan la obra combinada de la naturaleza y el hombre [e] ilustran la evolución de la sociedad y los asentamientos humanos en el transcurso del tiempo, bajo la influencia de las restricciones físicas y/o las oportunidades presentadas por su ambiente natural y de las sucesivas fuerzas sociales, económicas y culturales, tanto internas como externas” (Rössler, 1998). En los paisajes culturales existe una indisoluble relación entre el territorio y el patrimonio cultural y natural “donde confluyen elementos del patrimonio cultural material e inmaterial. Son la muestra de que la interrelación del hombre con la naturaleza genera adaptación y expresiones autóctonas que afectan la forma como se va conformando el paisaje” (Ministerio de Cultura, 2010). Es en este contexto de conceptualización para la gestión del patrimonio cultural donde surge la pregunta, ¿qué tipo de patrimonio es el arte rupestre? En primera instancia se puede inscribir dentro del universo de bienes materiales y en específico de aquellos de carácter histórico o arqueológico, pues se consideran obra de sociedades del pasado. Se puede entender el arte rupestre como las pinturas y grabados plasmados sobre superficies rocosas, que no fueron canteadas (1) ni trasladas de su emplazamiento natural por sus artífices, los diversos grupos humanos que habitaron el territorio nacional durante el periodo precolombino –y que quizás continuaron con dicha tradición durante algún tiempo posterior a la invasión europea–. Como tal son consideradas parte constitutiva del patrimonio arqueológico colombiano (Art. 3, Ley 1185 de 2008), el cual está amparado por el Régimen Especial de Patrimonio Arqueológico (Art. 54 Ley 1185 de 2008) y se inscribe dentro de la política estatal en relación con el patrimonio cultural de la Nación que tiene como principales objetivos su salvaguarda, protección, recuperación, conservación, sostenibilidad y divulgación. (Ley 1185 de 2008, art.1 num. A).
Estas expresiones materiales se constituyen hoy en día en objetos arqueológicos susceptibles de brindar información sobre las sociedades del pasado (Withley, 2005, Arguello y Martínez, 2012), pero además en importantes referentes de identidad de comunidades indígenas, rurales y urbanas que encuentran en algunos de los sitios donde se emplazan, espacios idóneos para la representación identitaria, desarrollo, cohesión social, y aprovechamiento como recursos culturales para usos de investigación, turísticos o pedagógicos, entre otros. Como tal se están viendo abocados a diversos agentes y dinámicas (Martínez, 2010) –producto a su vez de la ampliación de las fronteras urbanas y agrícolas y los cambios de uso del suelo en que yacen–, que están poniendo en riesgo su conservación a futuro. Esta situación se manifiesta especialmente en alteraciones y deterioros de origen antrópico (graffiti, rayado, explotación del material pétreo, quemas, depósito de basuras, guaquería, etc.) que no solo están afectando las pinturas y grabados sino sus entornos que le brindan contexto y significación.
Con base en lo anterior, se reconoce la necesidad de tomar medidas urgentes para, por medio de estrategias de gestión patrimonial, minimizar los impactos negativos que están generando las dinámicas del desarrollo económico y mediar entre la necesidad de preservar la memoria que estos espacios representan y los diversos usos que están dando y expectativas que manifiestan las comunidades frente a la necesidad de apropiarlos y aprovecharlos como recursos culturales. Para tal fin se requiere del diseño de estrategias y la formulación de acciones de gestión patrimonial que estén debidamente articuladas con las políticas públicas, legislación, normativa, instrumentos y procedimientos que, tanto a nivel nacional como internacional, se han desarrollado para la gestión y protección del patrimonio cultural y arqueológico en general y su debida adaptación a la particular naturaleza del arte rupestre. Para lograr esto en principio se requiere el replanteo de su categorización dentro del patrimonio cultural (considerado en algunas instancias como de carácter mueble) y del patrimonio arqueológico colombiano donde no se le ha considerado suficientemente como objeto que aporta al conocimiento científico del pasado (2) ni trasciende su gestión al reconocimiento y protección de su contexto, es decir bajo su concepción como sitio con arte rupestre.
1. Patrimonio arqueológico mueble e inmueble Dentro del universo del patrimonio cultural, los bienes del patrimonio arqueológico representan “la parte de nuestro patrimonio material para la cual los métodos de la arqueología nos proporcionan la información básica. Engloba todas las huellas de la existencia del hombre y se refiere a los lugares donde se ha practicado cualquier tipo de actividad humana, a las estructuras y los vestigios abandonados de cualquier índole, tanto en la superficie, como enterrados, o bajo las aguas, así como al material relacionado con los mismos” (ICOMOS, 1990). De acuerdo con la legislación colombiana el patrimonio arqueológico “comprende aquellos vestigios producto de la actividad humana y aquellos restos orgánicos e inorgánicos que, mediante los métodos y técnicas propios de la arqueología y otras ciencias afines, permiten reconstruir y dar a conocer los orígenes y las trayectorias socioculturales pasadas y garantizan su conservación y restauración” (Art. 6°. Ley 1185 de 2008). En Colombia aún es posible encontrar huellas del pasado de sus antiguos habitantes que han logrado preservarse gracias a la coincidencia de diversos factores; muchos de estos vestigios han hecho parte de contextos funerarios o permanecido enterrados conservándose por cientos o miles de años y han venido saliendo a la luz de manera accidental, debido a estudios arqueológicos, o por efectos de la práctica de guaquería. Muchos de ellos son considerados como una mercancía cuyo valor económico promueve un tráfico que en la actualidad es ilegal; otros permanecen en colecciones particulares o instituciones y solo una pequeña proporción es destinada a su exhibición pública en museos. Por lo general se tiende considerar que estos objetos muebles de orfebrería, cerámica, textiles, hueso o piedra son lo que constituye el patrimonio arqueológico; también existen algunas áreas protegidas que por poseer estos vestigios in situ, en una extensión de terreno más o menos delimitada, se conservan en lo que se conoce como Parques Arqueológicos (p.ej. San Agustín, Tierradentro, Teyuna, Facatativá) o en Áreas Arqueológicas Protegidas.
La catagorización diferenciada entre patrimonio arqueológico mueble e inmueble no es una condición intrínseca a este, sino solo un aspecto instrumental que refiere a cierta condición en que se inscriben estos bienes para su manejo. Sin embargo esta es una apreciación relativa que parece referir más al contexto en que se requiere que reposen para su protección o gestión –ya sea en museos, laboratorios y colecciones particulares– o, por el contrario, in situ debido a la complejidad de su traslado o a ciertas condiciones para su investigación, conservación, exhibición, etc. Desde el punto de vista de la significación del patrimonio arqueológico esta categorización parecería irrelevante, puesto que se considera que lo que en verdad brinda posibilidades para la comprensión de estos objetos o lugares es su contexto, es decir su relación con otros vestigios y con el entorno en que se inscribe, por lo que todo patrimonio arqueológico, en principio, debería mantenerse inmueble; pero la realidad de su investigación, manejo y conservación requiere que sean trasladados, archivados o expuestos públicamente en lugares diferentes a su depósito original. Esto lleva a considerar que todo bien arqueológico debería ser manejado como inmueble, pero al momento de su traslado (por excavación arqueológica, salvamento, guaquería, etc.) se tornaría mueble, condición que termina afectando su significación. Esta diferenciación no solo incide en el potencial de significación de los vestigios arqueológicos sino que además redunda en aspectos instrumentales que condicionan su manejo y protección: por ejemplo para ambas categorías se han desarrollado herramientas diferenciadas de manejo (protocolos, formatos de registro, abordajes disciplinares) e incluso políticas públicas específicas (Ministerio de Cultura, 2010), lo cual termina generando incongruencias que dificultan un manejo integral de este patrimonio. Quizás el ejemplo más evidente y que aquí nos atañe sea el de la clasificación del arte rupestre en Colombia como patrimonio mueble (Ministerio de Cultura, 2005), lo cual pareciera dar por hecho que pueden ser trasladadas de su soporte y que son solo las pinturas o grabados los que se valoran o requieren manejo, obviando su soporte rocoso, entorno y en general su contexto de significación (3). Lo anterior ha contribuido en parte a la indefinición y falta de aplicación de instrumentos normativos y técnicos específicos que redunden en la correcta gestión integral y preservación del patrimonio reprentado no solo en las pinturas y grabados rupestres sino en todo su contexto espacial y de significación.
Por tal razón se hace necesario concebir el arte rupestre bajo un concepto más amplio –como el que aquí se propone de Sitio con Arte Rupestre (SAR)– que implique su reconocimiento como elemento del patrimonio cultural y arqueológico en una dimensión integrada con su entorno y en general con el paisaje cultural y dimensión territorial en que yace, y mediante una articulación más armónica con las dinámicas sociales, culturales y económicas que confluyen en estos sitios. A Continuación se presenta una introducción al concepto de arte rupestre y algunos elementos para su caraterización como expresión cultural material cuyas múltiples escalas (de los motivos rupestres a los paisajes) posibilitan su comprensión como un patrimonio cultural y arqueológico, mas que encajonado en las categorías mueble o inmueble, de verdadero carácter territorial.
2. La memoria pétrea del paisaje. 2.1. La piedra como presencia eterna
En contraste con la fragilidad y lo perecedero de la vida, las piedras parecen poseer una naturaleza eterna. El material pétreo trasciende en el tiempo gracias a su dureza y resistencia ante los fenómenos transformadores de la naturaleza. La mayor parte de las evidencias de la historia natural y humana que conservamos hoy día reposa en piedras: formaciones geológicas, fósiles, herramientas líticas, estatuas, edificaciones, templos, pirámides o ciudades enteras, han trascendido en el tiempo, despojadas de todo su contexto perecedero pero aún resguardando en su materialidad parte de la memoria de lo que les otorgó forma y sentido. El hombre se ha valido de las rocas como materia prima para la fabricación de las herramientas que le dieron poder y alcance para asegurar su supervivencia; desde la simple utilización de un canto usado como proyectil, hasta las tallas más complejas donde se aprovecharon sus bordes para rasgar, cortar o pulir. El uso de la piedra parece haber marcado un hito en su evolución, ejemplificado en la especie Homo Habilis, considerada una de las más antiguas del género humano y denominada así por considerarse la artífice de los instrumentos líticos asociados al yacimiento en que fue encontrado (imagen 5). Al reiterado uso de la piedra como instrumento o a la utilización de grandes rocas y cuevas como abrigo siguió su aprovechamiento como materia prima, para tallar esculturas y monolitos, labrar o pintar signos y jeroglíficos, trazar caminos, erigir edificaciones o monumentos funerarios, y en general, para modificar o dotar de significado el entorno de manera durable y trascendente de acuerdo a las necesidades de supervivencia, económicas, o sociales de los diversos grupos humanos.
En el altiplano cundiboyacense, por ejemplo, los cronistas españoles de los siglos XVI y XVII, consignaron diversos mitos de los indígenas muiscas, en que se relaciona a las piedras con lugares de especial significación: el dios o héroe civilizador Bochica inició su periplo por el territorio desde el suroccidente hasta la región Guane al nororiente, dejando tras de si diversas pruebas de su paso; se cuenta que dejó pintadas sobre muchas rocas sus enseñanzas y las maneras de elaborar los tejidos, y que fue retratado “muy a lo tosco” en algunas rocas cercanas a Sogamoso; una huella de su pie tallada en una roca, de cuya raspadura bebían las mujeres preñadas para tener buen parto, era venerada en la población de Iza (4); o que fue al retirar una inmensa roca en el salto de Tequendama como logró desaguar la sabana de Bogotá que se encontraba inundada (5) (Correa, 2004) .
Es en roca en lo que se transformaron los seres sobrenaturales, donde se registraron los acontecimientos del pasado, donde moraban los espíritus de los ancestros. Estas cualidades la erigen como el material y el lugar idóneo donde es posible la mediación y el vínculo entre lo sagrado y lo profano, dotando a los paisajes en que yacen de especiales significaciones.
2.2. La piedra signada: el paisaje humanizado De acuerdo con Milton Santos (en Busquets, 2004), el paisaje se puede entender como “la realidad perceptible visualmente desde un cierto punto de observación, y está integrado por elementos naturales y humanos, presenta un carácter dinámico y es el producto de la historia y del trabajo humano; [es] un conjunto heterogéneo de formas naturales y artificiales [...] formado por fracciones de ambas”. Este concepto implica que la noción del paisaje encierra una dicotomía: lo natural y su contraparte lo artificial o humano; no necesariamente diferenciadas estas dos categorías, pero si articuladas de manera íntima desde la particularidades de sus características intrínsecas. Esta oposición entre lo natural y lo artificial, no puede interpretarse como una forma de categorización que excluye a la una de la otra, pues en cierto sentido podría considerarse que todo paisaje es artificial en la medida en que gran parte de los territorios del planeta ya han sido intervenidos y transformados por la acción humana desde hace miles de años. Entre los muchos elementos naturales que pueden encontrarse en un paisaje las piedras pueden resaltar por su notoriedad, material, tamaño, forma, distribución, etc. Se presenta a continuación un breve ejercicio de observación sobre la piedra como elemento constitutivo del paisaje:
Si la misma piedra es marcada por el hombre, por medio de algún tipo de signo, esta adquiere nuevas connotaciones: humanización, presencia de otro, apropiación del territorio, pertenencia, comunicación, sacralización, etc. (Imagen 11)
Si dichas marcas fueron realizadas por seres humanos que habitaron el territorio mucho tiempo antes de quien las observa en la actualidad, de tal manera que no queda memoria de su significado original –como el caso de las pinturas y grabados rupestres prehispánicos– estas pueden además evocar: asentamiento, memoria, paso, trashumancia, vestigio, guaca, misterio, tiempo, antigüedad, ancestro, herencia, patrimonio, etc.
2.3. Arte rupestre Con el anterior ejercicio se introduce aquí el concepto de arte rupestre, entendido como los grabados o petroglifos (imagen 12) y las pinturas o pictografías (imagen 13) realizados sobre superficies rocosas en emplazamientos naturales. En cuevas, piedras, paredes y abrigos rocosos, la humanidad ha consignado de una manera gráfica y sintética innumerables representaciones de animales, plantas u objetos, escenas de la vida cotidiana, signos y figuras geométricas, etc. Aunque estas evidencias se pueden también encontrar en otros soportes pétreos de carácter mueble como cantos rodados, fragmentos líticos y tallas o haciendo parte de lajas, estelas, esculturas, muros o edificaciones en piedra, la denominación arte rupestre hace especial referencia a aquellos motivos, trazos o marcas que han sido plasmados sobre superficies pétreas naturales (Whitley, 2005), las cuales se han mantenido in situ en el mismo emplazamiento original donde fueron signadas (6).
Pintar o grabar sobre rocas es una expresión cultural común a toda la humanidad que se remonta a más de 40.000 años. Hasta hace pocos años sobrevivieron grupos que lo practicaban (en Australia y el sur de África principalmente) como medio de comunicación de saberes (Bednarik, en línea; Clottes y Lewis-Williams, 2001); incluso en Colombia se tienen noticias recientes de comunidades indígenas (Tukano, Murui-Muinane, Arawak-Maipure, Curripaco) que se relacionan con los sitios rupestres como lugares tradicionales, parte de su sistema de creencias, mitos, expresiones rituales o manifestaciones culturales de diversa índole (Reichel-Dolmatoff, 1978, Urbina, 2000; Romero, 2003; Ortiz y Pradilla, 2003).
A lo largo y ancho de nuestro país, desde los litorales hasta las alturas andinas, en valles y laderas o en el lecho de los ríos, es posible encontrar arte rupestre. Muchos de estos sitios permanecen aún sin descubrir entre la espesa vegetación o en medio de cultivos o potreros de ganadería, semienterrados bajo una capa de suelo o intencionalmente ocultos con basuras y desechos por los habitantes próximos. Otros están siendo destruidos por picapedreros o han desaparecido ante el avance de los crecientes perímetros urbanos. Algunos son encontrados al abrirse el paso para una nueva carretera o embalse, o al limpiar un terreno para la siembra. A pesar de que parece existir a nivel internacional cierto consenso en torno a lo que denota el término “arte rupestre” (a juzgar por la extensa producción bibliográfica, eventos de carácter académico, asociaciones de investigadores, etc.)(7), aún son imprecisos los límites de su caracterización como elemento particular dentro del corpus de objetos y sitios arqueológicos o del patrimonio cultural. En algunos casos se considera dentro de esta categoría a dólmenes, geoglifos, alineamientos de piedras, grabados escultóricos o construcciones arquitectónicas realizadas en la roca viva (ver Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO) o a ciertos vestigios de carácter portable (arte mobiliar) cuyas carecterísticas estéticas o funcionales parecen corresponder a lo que se denomina “tradición rupestre”(8). Al respecto Sanz (2008) anota que “la formulación de una clara definición de arte rupestre es tan problemática, intrincada y ardua como la datación de sus manifestaciones”.
3. Sitios con Arte Rupestre (SAR): de los motivos a los paisajes Hasta aquí se ha hecho referencia al término arte rupestre, por ser el que convencionalmente tiene más uso en diferentes instancias (científica, normativa, coloquial, etc.), sin embargo, para efectos de guiar su gestión patrimonial, motivar un alcance más amplio y una relación más integral con su entorno y su contexto medioambiental, social y cultural, se propone aplicar aquí el concepto de sitio con arte rupestre.
Desde el punto de vista simbólico, la importancia de abordar el arte rupestre en su condición de sitio puede ilustrarse con el caso de la llamada “piedra de Nyi”, uno de los pocos sitios con arte rupestre en Colombia del que se ha podido consignar su significación tradicional por parte de comunidades indígenas:
Sin el conocimiento de este contexto etnográfico serían pocos los elementos que un observador contemporáneo podría inferir sobre el sentido y función de este petroglifo, y quizás su estudio interpretativo –como en la mayoría de casos– se reduciría a meras especulaciones. Sin embargo este caso ejemplifica la importancia que pudo tener para las comunidades indígenas en el pasado la elección de su locación, cuya permanencia en la actualidad posibilita comprender la estrecha relación espacial y simbólica que guardan estos sitios con el territorio en que se insertan.
Escala 1. Motivo rupestre: son las marcas de origen antrópico, pintadas o grabadas, que son percibidas por el hombre contemporáneo como formas o diseños rupestres singulares (IFRAO, en línea).
Escala 2. El panel: Es la sección, cara o pared de una superficie o emplazamiento rocoso en que se encuentran plasmados los motivos pintados o grabados.
Escala 3. Soporte rocoso: es la entidad pétrea o superficie rocosa que soporta los motivos o paneles rupestres. Este puede ser un bloque errático, un abrigo, una pared rocosa o un afloramiento superficial.
Escala 4. El entorno: Entendido como el conjunto de todo aquello que rodea al emplazamiento rocoso, puede ser caracterizado por sus condiciones físicas naturales (geográficas o medioambientales) o socio-culturales (usos del suelo actual o en el pasado. P. ej. refugio, asentamiento, entorno urbano o rural, agrícola, de explotación minera, vía de comunicación, parque arqueológico, etc.). En este aspecto, Bustamante (2005b) propone que el concepto entorno se puede inscribir además dentro de un sistema de coordenadas de espacio y tiempo:
Escala 5. El paisaje: El arte rupestre, como huella o vestigio del paso o establecimiento del hombre en el pasado se encuentra hoy día inscrito en un territorio que se reconoce cambiante, esto es, que ha estado expuesto a múltiples transformaciones tanto por procesos naturales como por la intervención del hombre. En dicho territorio confluyen de manera integrada los eventos naturales y la acción que el hombre ha ejercido sobre éste. La identificación del territorio, es decir la mirada o la interpretación que se hace sobre este constituye el paisaje. Este se puede entender como “la síntesis entre lo físico, lo biológico y lo cultural, como una manifestación de la diversidad del espacio geográfico que se constituye en elemento de identidad territorial y el resultado de la relación sensible del individuo con su entorno percibido” (Mata, 2006 en Biel, 2009).
Los sitios con arte rupestre en el presente permiten vislumbrar las capas del tiempo en la superpuesta estratigrafía de la memoria de los territorios; como huella y evidencia material del pasado humano plasmado en la roca, relacionados con un entorno (natural y/o humanizado) y enclavados en un territorio particular, pueden constituirse en elementos de primer orden de los paisajes culturales. Este concepto implica que estos sitios no se pueden seguir viendo como simples eventos aislados sin conexión con el presente, como simples rarezas u objetos arqueológicos carentes de sentido y de contexto. Su calidad inmueble y su emplazamiento in situ (que la mayoría de las veces coincide con el original en el que se plasmaron las pinturas y grabados), lo constituye en hitos geográficos, históricos y culturales que dan cuenta de las relaciones que con el territorio tuvo el hombre del pasado y que, en el presente, nos indica las dinámicas cambiantes que han configurado el paisaje tal como lo percibimos hoy.
Esto implica que cualquier iniciativa tendiente a la comprensión del arte rupestre como objeto histórico o arqueológico o a su manejo como patrimonio cultural, no puede estar circunscrita a las pinturas o grabados mismos, sino que debe incorporar y reconocer sus múltiples escalas (de los motivos rupestres a los paisajes), las diversas relaciones que se dan con las comunidades que los usan, reconocen o valoran, y el contexto de los territorios que estos sitios dotan de significación. Por lo tanto, la espacialidad o dimensión física concreta de un sitio con arte rupestre, con miras a su gestión o protección, solo puede definirse una vez sean reconocidos, analizados y articulados los aspectos relacionados a la memoria (dimensión de significado) y a la comunidad (dimensión social) que se identifiquen y se inscriban en un territorio (dimensión física) en particular (ver: Martínez, 2010).
Interesa aquí el potencial que representa este concepto al momento de construir significados para los sitios con arte rupestre para, por medio de su interpretación, incentivar su valoración positiva, especialmente entre las comunidades urbanas y rurales actuales que han perdido nexos con las tradiciones culturales que pudieron ofrecerle algún sentido y significado a estos lugares. Concebir los sitios con arte rupestre como cronotopos, significa interpretarlos como hitos del paisaje que resguardan y condensan la memoria del paso del hombre, en nuestro contexto, el índígena prehispánico. De esta manera se hace posible vincularlos a las múltiples lecturas y valoraciones patrimoniales de los territorios. Para ilustrar de manera didáctica lo anterior, se muestra a continuación una recreación gráfica de la evolución del paisaje de Sutatausa (Cundinamarca), donde sus imponentes farallones y la llamada “piedra del cementerio” se presentan como protagonistas y testigos inmutables, en torno a los cuales es posible interpretar ciertos hitos de su devenir histórico, constituyendo este conjunto y su entorno (el sitio y el paisaje) en potencial cronotopo y por lo tanto del patrimonio cultural.
Así, los sitios con arte rupestre se constituyen en componentes naturales y culturales claves de los paisajes que, interpretados a partir de su condición de cronotopo, pueden insertarse en las dinámicas de poblamiento y ordenamiento territorial ejerciendo un rol efectivo en pro del bienestar y desarrollo de las comunidades mediante su aprovechamiento como recurso cultural.
Conclusión
Asi, bajo el concepto de SAR puede caracterizarse desde una sola piedra pintada o grabada, hasta una agrupación de estas localizadas en un territorio particular. Lo importante es que la definición de su área de influencia (con miras a su manejo y protección) trascienda la superficie pétrea signada e incluya elementos del entorno y el paisaje (geográficos, bióticos, arqueológicos, etnográficos, sociales, etc.) que se consideren imprescindibles para mantener su integridad y que sean suceptibles de dotar o enriquecer su significación como bien del patrimonio cultural y arqueológico.
Además del carácter de los SAR como patrimonio cultural y arqueológico -objeto y marco de referencia de esta propuesta-, para terminar valdría evocar otra dimensión y potencial que representan estos sitios en el contexto, quizás más amplio, apremiante y vital, de la conservación del medio ambiente. Los SAR que podemos reconocer hoy en día, han logrado conservarse por siglos, en gran parte debido al equilibrio y las estrechas relaciones que mantienen con su medio natural. Un SAR bien conservado implica un medio ambiente conservado, mientras que un SAR alterado, fragmentado, desplazado, etc., implica un medio ambiente igualmente deteriorado. Por tal razón el estado de conservación de un SAR puede ser índice del “estado de salud” del medio natural y cultural en que yace.
Gestionar un SAR de manera integral implica, además de abogar por la conservación de su materialidad o significación cultural, adelantar acciones en pro de la preservación de su entorno. Por tal razón estos sitios se deben empezar a ver, más que como anécdotas del pasado, como verdaderos relictos donde es posible reconocer, en la dicotomía cultura-naturaleza, potentes hitos de la conservación y referentes simbólicos siniguales en torno a los cuales se puedan adelantar acciones de “resistencia”(8) ante el avance del denominado “desarrollo” y sus dinámicas depredadoras. De allí la importancia de integrar su gestión a instancias superiores de planeación y ordenamiento territorial, y en especial su reconocimiento como áreas protegidas. Cuando protegemos un SAR, no solo protegemos el pasado, el legado de nuestros ancestros, protegemos el presente y el futuro de nuestros hijos y las generaciones por venir. Reconocer, gestionar y proteger un SAR debe ser en sí misma una medida para la preservación de la vida.
¿Preguntas, comentarios? escriba a: rupestreweb@yahoogroups.com Cómo citar este artículo: Martínez Celis, Diego. De los motivos rupestres a los paisajes: Sitios con Arte Rupestre (SAR) como categoría especial del patrimonio cultural y arqueológico colombiano 2012
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