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El contexto geográfico de La Caldera es
impresionante, la formación de rocas ígneas de coloración rojiza y su aspecto
desértico contrasta junto a la acumulación de ceniza volcánica, conjugando un
ambiente seco y sin vida salvo las dispersas y solitarias cactáceas que aún se
resisten a desaparecer. Este paisaje está cubierto por una capa de ceniza
volcánica producto de las erupciones históricas de los volcanes Misti y
Huaynaputina, relativamente próximos al área de estudio, en los siglos XV y
XVII respectivamente. En este ambiente se encuentra el camino colonial de La
Caldera que une el valle de Vítor con la de Arequipa (Figura 2).
El color rojizo superficial de las rocas ígneas intrusivas corresponde a lo que el naturalista Raimondi y después Mostajo han venido explicando sobre su naturaleza (Jochamowitz 1948 [Raimondi 1864]; Mostajo 1998 [1923]). Toda la cadena de cerros que se acumulan conformando el batolito de la Caldera parece una cantera de piedras redondas y rojizas además de las afloraciones cuya base es más antigua que el batolito. Actualmente, la fauna presente se restringe a una variedad mínima de aves y roedores, presencia eventual de zorros y casi nula aparición de herbívoros como el venado (Odocoileus virginianus) y el guanaco (Lama guanicoe). Algunos estudiosos que han visitado la zona mencionan que por lo menos allí existen aproximadamente 265 bloques de petroglifos (Cano 2010[1919]:10), otros indican la cantidad de 500 rocas (Linares 1990:43). En cuanto al nombre, Mostajo aclara que el de Corralones se debe al tambo que tenía caballerías para los arrieros y trajinantes que hacían uso del camino entre Arequipa, el valle de Vítor y la costa. En tanto el nombre de La Caldera, se debe a la superficie rojiza de sus piedras como si recibieran el reflejo de un fuego intenso (Ballón 2000:418).
ANTECEDENTES DE INVESTIGACIÓN Una temprana referencia al camino denominado La Caldera entre el Curato de Uchumayo y el valle de Vítor, está mencionada por Don Francisco Xavier Echevarría y Morales en su Memoria de la Santa Iglesia de Arequipa (Barriga 1952 [1804]:74). Este camino también ha sido denominado con el nombre quechua de “Quilcasca”, que suponemos se ha debido referir, por extensión, a los petroglifos de La Caldera ubicados en el tramo medio y más alto de la vía mencionada. En un estudio de sociología arequipeña, en el capítulo dedicado a la celebridad de sus pobladores, se describe a D. Mariano Eduardo de Rivero como un hombre de ciencia que a partir de 1,821 su nombre se hizo familiar entre los sabios de Europa. De los estudios que acrecentaron su reputación se considera a la Memoria sobre las Antigüedades Peruanas, en 1841, que diez años más tarde volvió a publicar junto a Tschudi. En este estudio se menciona la cantera de piedra litográfica, suponemos que se refiere a los petroglifos de La Caldera (Ballón 1958 [1908]:108). Como el coautor de las “Antigüedades peruanas” Don Juan Diego de Tschudi realizó valiosos estudios sobre la lengua quechua, es razonable su preocupación sobre la escritura de los antiguos peruanos. Al respecto, se pensaba que la escritura más antigua estaba conformada por una especie de caracteres jeroglíficos aún no descubiertos en el sur de Perú; sin embargo los grabados en granito del Alto de la Caldera en Arequipa, observados y descritos por don Mariano E. de Rivero, hacían sospechar una muy remota posibilidad de escritura quizás existentes aún antes de los Incas (de Rivero y de Tschudi 1958 [1851]:73). Aunque en el viaje realizado por Raimondi de Arequipa al Tambo de Corralones, en febrero de 1864 (Jochamowitz 1948 [Raimondi 1864]:203), no se ha realizado calco alguno ni láminas sobre las impresiones de estas piedras con dibujos caprichosos, sí se cuenta con una descripción puntual de los grabados en distintas piedras, el tipo de soporte utilizado en su ejecución, inferencia de las técnicas utilizadas en la elaboración de los diseños y paneles; posible cronología relativa y la utilización de las inscripciones recientes con las que se podrían contrastar las más antiguas para deducir la contemporaneidad de los diseños utilizando la coloración de la capa de óxido. En un estudio etnológico sobre el contexto y la cultura material de los aymaras de Bolivia y Perú, Forbes (1870) al discutir la ausencia del lenguaje escrito, salvo el uso de quipus y nudos entre los quechuas en el tiempo de los Incas, menciona que en distintas partes del área aymara existen representaciones de llamas, pumas, hombres, círculos, rectángulos y cruces elaborados sobre rocas, a manera de ‘jeroglifos’, elaborados para marcar lugares de entierros, o indicadores para apuntar la dirección de caminos; o marcas que posiblemente significasen el número de horas de viaje para arribar al próximo lugar habitado. Las figuras copiadas para Forbes por el profesor Boeck en Arequipa, entre “Uchumaya [sic] y Vítor”, consisten de quince piedras grandes denominados por los españoles como “Las Campanas” o “La Biblioteca del diablo” (Forbes 1870:78-79) (Figuras 3 y 4).
Parece que las primeras fotografías tomadas a los petroglifos de la Caldera fueron por José A. Mendoza del Solar en 1910 (Mendoza del Solar 2010 [1918]; Urteaga 2010 [1924]). Estas fotografías fueron reproducidas por Urteaga en un artículo posterior sobre los petroglifos de La Caldera; allí concluía que no corresponden a jeroglíficos o caracteres escriturarios como se insinuaba sino más bien apenas representaciones simbólicas que revelan creencias totémicas o simples símbolos míticos (Urteaga 2010 [1924]:14,1924:5). Con la visita que hiciera José A. Mendoza del Solar a La Caldera advierte que no solamente allí existen estos vestigios sino en la mayor parte del camino que une Vítor con Arequipa, como en Uchumayo, Polobaya, Mollebaya, Yarabamba, etc., remarcando que sobresale los de la Caldera por la cantidad de bloques (Mendoza del Solar 2010 [1918]). En este sitio ubica tres grupos de bloques en el lugar: dos de ellos en Caldera Alta y la última en Caldera Baja, distante a dos kilómetros de la anterior. Clasifica el conjunto en períodos pre-incaico e hispánico; el primero es subdividido en época primitiva (edad de cobre del magdaleniense europeo) grabado en la cara lisa de un solo lado de las piedras, y época de transición (gestación tiahuanaquense) con representaciones de meandros, serpientes en forma de ‘S’ mejor trabajadas que el grupo anterior, con mayor perfección y profundidad de grabado (Mendoza del Solar 2010 [1918]:15-16). Resulta anecdótica la información vertida por José Kimmich, en 1912, sobre el origen étnico de los arequipeños relacionado con los geroglíficos de la Caldera. Por su semejanza con los mejicanos de Tuxtla y los de Quicheviro, cerca de Palenque en Guatemala, el Dr. Kimmich sostuvo que los aimaro-puquinas, autores de los petroglifos de la Caldera, vinieron de Méjico, Nicaragua y Guatemala (El Deber 1921:2). Otro punto de vista, que además de otorgarle antigüedad preincaica y apellido a los petroglifos de La Caldera, que en este caso según Cárdenas (1965) pertenece a los “llactayos” aymaras y de los altaicos tiahuanacotas, también supone que estos signos cuneiformes fuera la primera escritura inventada por los súmeros-asirios (Cárdenas 1965:104). Hasta el momento, lo que queda claro es que los petroglifos de la Caldera eran considerados vestigios preincaicos, con simples grabados trazados por distracción o ensayos de arte. Cabrera, con las ilustraciones de Mendoza del Solar describe la figura de una serpiente con la boca y los ojos denotando ferocidad y advierte que la cola no termina en punta sino en una pequeña cara humana vagamente dibujada; describe otros dos bloques e indica que petroglifos similares también se encuentran en el valle de Vítor, en la quebrada de Añashuayco (¿se refiere a otra estación con petroglifos denominado Infiernillo o Culebrillas?) y en los cerros de Socabaya, al sur de la ciudad de Arequipa. Sobre la presencia del diseño principal de estos petroglifos, como la serpiente, advierte que en la región arequipeña no hay serpientes ni víboras de gran tamaño por lo que supone la existencia de un pueblo adorador de serpientes quizás ubicado en Catari (nombre antiguo de Omate y Puquina en Moquegua) relacionado con Ubinas donde, según él, sí se rendía culto a la serpiente Pichinique (Cabrera 1924:28-31; también en Tacca 2010). No menos importante es la observación que hace el Profesor Max Uhle cuando menciona la dirección de las migraciones atacameñas hasta el valle de Chincha, al norte de Arequipa. Advierte la predilección de uso de petroglifos por parte de los diaguitas y atacameños en su área de influencia, del mismo modo observa la posibilidad de caracterizar a los atacameños por la costumbre de usar las peñas como materiales de manifestación rupestre además de la dispersión de piedras o peñas “tacita” en esta misma región y menciona los petroglifos a poca distancia de la estación de Vítor que sin duda son las de La Caldera (Uhle1919:14-15). Las conclusiones del estudio que
hiciera Marcial Barriga sobre los petroglifos de Pillo, en la que también
menciona a los de La Caldera, parecen resumir el conocimiento en torno a la
elaboración y significado de los petroglifos en general hasta ese momento.
Además de diferenciar sobre la elaboración de estos vestigios por pueblos
primitivos o inmigrantes, existe la preocupación sobre el problema de la
universalidad de los petroglifos; frente a la repetición de un elemento
cultural en diferentes pueblos y continentes se plantean los problemas de
difusión, convergencia, paralelismo o monogénesis. Por tanto, las conclusiones
que engloban los estudios de petroglifos hasta el momento fueron: aceptar la
existencia de petroglifos en lugares como La Caldera, Vítor, Mollebaya,
Uchumayo, Quishuarani y Socabaya. Que los petroglifos de Socabaya son
simbólicos, ideográficos y simbólico-ideográficos. Que fueron grabados por
razas primitivas que poblaron el suelo preincaico de Arequipa y no por pueblos
inmigrantes. Que no existe unidad interpretativa para descifrar los petroglifos
(Barriga 1946:72-73). El Batolito de La Caldera y el soporte rocoso de los petroglifos El área donde se encuentran el tambo de Corralones y los petroglifos de La Caldera se divide geográfica y geológicamente en una llanura desértica con pendiente suave de roca dura truncada por un pedimiento y la Cordillera de Laderas, de aspecto árido a semi-árido que continúa desde el noroeste hacia el sureste del río Chili (Jenks 1948:xi; Vargas 1970:9). La Cordillera de Laderas está conformada por afloramientos de granodiorita de grano grueso, con superficie de color blanco rosáceo y tonalidades de gris oscuro por la contaminación con las del grupo gabro diorita (Vargas 1970:54). La superficie de la Caldera ha sido cortada en gargantas de varios metros de profundidad, siendo la más antigua de la región, los niveles delas cumbres varían entre 2,700 y 3,400 msnm, con una inclinación general hacia el suroeste, como una barrera natural de contención al sur del valle de Arequipa. Esta geografía accidentada se debe a la formación de enormes depósitos de tufos que en forma de potentes eyecciones de sillar procedentes de la base del Chachani cubrieron el valle, empujando el lecho del río junto a la cadena de colinas de La Caldera. En esta posición el río Chili se vio obligado a cambios abruptos formando pasajes estrechos y profundos como los del Huayco y Uchumayo (1) (Lozada 1993:15-16). Los petroglifos de la Caldera o
Corralones están elaborados en material diorítico, roca ígnea muy dura,
compacta y sonora, de colores grises en diferentes tonos (Galdos 1981:38-40;
Hostnig 2003:49-50; Jochamowitz 1948 [1864]: 203; Linares 1966:9-11, 1973:181-191,
1974:93-94, 1978:371-377, 1990b: 33-49; Ravines1986:16), también los hay en
colores pardos y chocolate cuyo trazo permite observar un interior blancuzco
(Ballón 2000:418-419). Algunas interpretaciones sobre el significado de los petroglifos de La Caldera La ubicación de los bloques de petroglifos en un ambiente desértico, sin evidencias de otro rasgo cultural que no fuera el camino, ha despertado una serie de interpretaciones en torno al significado de los petroglifos. A inicios del siglo XIX de Rivero y de Tschudi (1958 [1851]:73) al describir los grabados en masas de granito del Alto de la Caldera reconocen que existe representaciones de animales, flores y fortificaciones; aunque estaban de acuerdo que no se asemejaban a los jeroglíficos mexicanos, por lo menos los de La Caldera sugerían una especie de caracteres jeroglíficos.
Aunque inicialmente los grabados de La Caldera no podían clasificar como jeroglíficos ni asignados a Tiahuanaco e Inca, fueron hipotéticamente legado a los ‘aimarás’ cuya principal actividad era la cría de llamas y la agricultura, además de tener nociones de la escritura jeroglífica denominada kelkaña (Cano 2010 [1919]:10-11). Quizás, como sugería Forbes, los petroglifos con dibujos de llamas, felinos, hombres, círculos, rectángulos y cruces servían para marcar lugares de entierros, o indicaban la dirección de caminos; anotaciones sobre la duración de horas de viaje para arribar al próximo lugar habitado (Forbes 1870:78-79); una apacheta o un marcador de ruta o línea de éxodo de razas venidas del mar (Mostajo (1998 [1923]: 596-597; Mostajo cit. en Ballón 2000 [1923]: 418-420). Para algunos los petroglifos suponían signos cuneiformes (Cárdenas 1965:104); para otros, que descartaban su función escriturario, apenas representaban símbolos que revelan creencias totémicas o míticas (Urteaga 2010 [1924]:14,1924:5); o simples grabados trazados por distracción o ensayos de arte (Cabrera 1924:28-31). También los petroglifos de La Caldera pudieron pertenecer al área de influencia de diaguitas y atacameños, por su costumbre de usar peñas para la manifestación rupestre, además de la dispersión en la zona de piedras o peñas “tacita” (Uhle1919:14-15). Por último, los petroglifos son vistos
como mapas cosmológicos donde se interpretan símbolos clave de la vida, del
agua y la continuidad de la especie; reflejan la realidad circundante. Por la
presencia de la serpiente bicéfala de cuerpo dentado, se piensa que hay una
expresión de dualidad y oposición complementaria del ciclo hidrológico, con una
integración del Hanan Pacha, Kay Pacha y el Ucu Pacha (Trujillo 2000:95-96). El Camino real entre Arequipa y el valle de Vítor La historia del camino que une el valle de Vítor y Arequipa parece tener una tradición antigua que se remonta a la época prehispánica, quizás aún antes del Horizonte Medio si es que los bloques “tacita”, que se encuentran a un lado del camino, efectivamente correspondan a esa época denominada Formativa (ca. 1500 a.d.C.-500 d.d.C.). El ambiente desértico, el contexto árido y la cantidad de ceniza volcánica acumulada en todo el sector parecen recientes. Es posible que antes de la erupción del Misti y el Huaynaputina el panorama geográfico de esta parte era distinta a la actual, posiblemente por lo elevado de la Cordillera de Laderas aquí quedaban atrapadas las formaciones húmedas conocidas como neblina, especialmente los meses de mayo a noviembre, formando alfombras vegetacionales. Algunos de los bloques grandes de petroglifos ubicados en el medio del camino, están cubiertos de ceniza volcánica hasta el ápice, lo cual hace concluir que en algunos sectores la superficie del camino se encuentra por debajo de casi un metro de acumulación de ceniza. En ciertos sectores del tramo vial se pueden observar fragmentos de cerámica colonial (Botijas y cerámica sencilla hecho en torno) corroborando el trajín histórico cotidiano por el camino. Salvo las descripciones del profesor Linares (1978:372) quien encontró fragmentos cerámicos prehispánicos de los estilos Inca, Juli, Chuquibamba y Nazca-Paracas asociados a los petroglifos; actualmente no hay ningún fragmento cerámico en superficie. La extensión del camino tiene 14.3 Km desde Mollebaya Chico hasta el valle de Vítor, aunque tiene otro ramal que se extiende desde Uchumayo, dos kilómetros río arriba. Es precisamente este tramo el que describe puntualmente Cardona (2008), cuyas características principales están resumidas en un ancho de calzada casi siempre plana, aproximadamente de 2 a 3 m, dependiendo de la topografía del terreno. A lo largo del recorrido se advierten las bases de las estructuras de tambos o pascanas que ofrecían alimento y cobijo a trajinantes y arrieros. Este camino fue eventualmente abandonado por la construcción del ferrocarril entre Mollendo, Vítor y Arequipa allá por el año 1,868 (Cardona 2008:36-38). De toda la extensión del camino no es claro discriminar el trazo prehispánico, colonial y republicano; es posible que el trazo original se ha arraigado a través del tiempo con pequeñas diferencias que no han creado cambios a la longitud total del camino, por lo que la utilidad de su calzada se ha visto incrementada con grupos de petroglifos y más tarde con tambos y pascanas.
LOS DIFERENTES SECTORES CON PETROGLIFOS A lo largo del sector vial que se inicia a la altura de Mollebaya Chico hasta Vítor, hay varios grupos de petroglifos tanto aislados como agrupados, sin embargo por la construcción actual de la carretera Arequipa – La Joya, gran parte del trazo original ha sido retomado y destruido por la vía moderna, destruyendo el contexto inmediato y los posibles petroglifos que pudieron haber existido sin ser reconocidos. En esta oportunidad no se han visitado los petroglifos en el sector de Caldera Baja, a 1500 m al suroeste de Caldera Alta; tampoco los grabados de “Puente de Arenas” ubicado por Cardona (2008:35). A continuación describo los cinco
grupos de petroglifos ubicados entre Mollebaya Chico y cerro Alto La Caldera
donde está el grupo principal de petroglifos. Dos de los grupos iniciales
corresponden a bloques ‘tacita’. Bloques ‘tacita’ a lo largo del camino (Grupos 1 y 2) Existen dos grupos de bloques en
diferentes lugares del camino. El primer grupo, conformado por dos bloques
superficiales en el margen sur del camino sobre una ligera planicie con
tendencia a mostrar elevación hacia el Oeste, se encuentra a 1.41 Km antes de
arribar a los corralones o estructuras que comprenden el tambo. El segundo
grupo, ubicado en la parte alta del tramo vial desde donde se inicia el
descenso; aproximadamente a 0.26 Km más adelante del primer grupo y a 1.15 Km
antes de arribar al tambo (Figura 5).
El primer grupo está elaborado en dos
bloques dispuestos a solamente 5 metros de separación entre cada uno. Son
granitos de color plomizo bastante duros, sobre la superficie plana y
horizontal se han elaborado varios hoyos con más de 10 cm de diámetro, bastante
pulidos y poco profundos pero lo suficiente como para no ser advertido. El
segundo bloque es irregular y la superficie es inclinada, pero los hoyos tienen
el mismo diámetro que el bloque anterior (Figura 6). Parece que el color
plomizo de los bloques se debe a que fueron removidos de la ladera hacia la
parte baja del camino, ubicando la base del bloque, que originalmente era
enterrada, como superficie externa; esto debido a que la coloración rojiza del
bloque ahora se encuentra semienterrada.
El segundo grupo tacita está conformado
por cinco bloques de diferentes tamaños, al igual que el primero algunos de éstos
parecen haber sido removidos de la ladera hacia el camino. Los hoyos son menos densos
en la superficie de las rocas, aquí por la cercanía entre los bloques se
percibe un tratamiento diferente, más contextual y quizás con algún significado
ritual (Figura 7). Las prominencias irregulares de los bloques presentan
desgaste en forma de hoyos conjugando esta característica con las rocas más
cercanas de superficie apta para los hoyos.
Bloques aislados (Grupos 3 y 4) Ubicado el primero en el margen izquierdo
del camino, a 50 m al sureste de los corralones o la pascana, sobre una pequeña
planicie con bloques grandes de rocas (Figura 8). Los diseños están muy
erosionados y se encuentran en la base de las rocas dispersas en dicha
planicie.
El segundo grupo de bloques dispersos está al sur de los corralones, en diferentes partes de la ladera, salpicadas de diseños aislados hasta muy próxima al grupo mayor de petroglifos. El tema de los diseños es de la misma
característica que el resto de las secciones ubicadas. Grupo mayor de petroglifos (Grupo 5) No es fácil establecer un inventario de todos los bloques de petroglifos existentes, toda vez que los principales ubicados en el camino y a los lados de éste, se encuentran semienterrados y cubiertos con la acumulación eólica de ceniza volcánica. Por lo menos hay más de un centenar de bloques con diseños dispersos a los lados del camino y en la ladera del cerro. De acuerdo a Linares (1978:372; 1990:41-43) y Cardona (2008:39) entre otros, los motivos más representados son antropomorfos (esquemáticos, enmascarados, danzarines), zoomorfos (gusanos bicéfalos, serpientes de cuerpo dentado, ciempiés, camélidos, aves), fitomorfos (girasoles, ramas de árboles), geométricos (paralelas zigzagueantes, círculos, líneas escalonadas) y mítico simbólicos (flechas, caminos, cruces, máscaras, escudos, soles, ruedas dentadas, laberintos) (Figura 9 al 13).
Una característica importante de este grupo es, que los bloques de petroglifos en el camino mismo y los inmediatamente contiguos son más grandes y con diseños más recargados respecto a aquellos que están dispersos en la ladera del cerro. Parece que los bloques del camino fueron los primeros realizados y por lo tanto los más importantes para comprender la dinámica constructiva cultural y temporal. Por lo mismo, los bloques de
petroglifos del camino están muy recargados con distintos diseños, a tal punto
que hay superposición de figuras, que aunado a la erosión y al paso del tiempo
varios de los paneles que muestran figuras ya no presentan como fondo la pátina
rojiza oscura sino una superficie blancuzca informe donde se funden las líneas
de las figuras haciéndolas incomprensibles. RESULTADOS PRELIMINARES Es clara la relación existente entre el
camino y los petroglifos, en este caso no se trata de un camino adscrito al
sistema vial Inca o Qhapaq Ñan, sino más bien un trazo usado quizás desde la
época Formativa hasta muy entrada la época Republicana (Figura 14), sólo dejado
de ser utilizado durante el apogeo del Ferrocarril hasta nuestro días.
Las descripciones realizadas por quienes se han ocupado sobre los diseños de los petroglifos de La Caldera han advertido que los elementos representados corresponden a grupos generales reconocidos como antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos, geométricos y mítico simbólicos. Una aproximación tentativa al estilo o estilos que representan los diseños está ausente; del mismo modo, la carga cronológica tentativa no es clara siendo comprensible esta omisión toda vez que la zona se encuentra cubierta por un estrato grueso de ceniza volcánica, aunque el Profesor Linares y sus alumnos encontraron fragmentos cerámicos pertenecientes a los estilos Inca, Juli (Churajón), Chuquibamba y Nazca-Paracas (entre 500 a 1,200 y 1,450 d.C.). No obstante, nuestras observaciones fueron dirigidas a tres elementos bastante diagnósticos para sugerir tentativamente una profundidad cronológica y reconocer el estilo de mayor presencia. Delos tres elementos discernimos que la presencia de piedras ‘tacita’ podrían corresponder al período Formativo; el segundo elemento está conformado por la representación de máscaras, la figura natural y realista de camélidos o cuadrúpedos y figuras antropomorfas completas que indican su pertenencia a un estilo “Toro Muerto” del Horizonte Medio, muy común en los valles de Majes, Siguas y Vítor, al norte del valle de Arequipa. El último elemento diagnóstico representado por el ‘ciempies’ o miriápodo, que caracteriza a las culturas desérticas tardías de la faja costera, especialmente desde el sur de Lima hasta el valle de Moquegua, con representaciones muy ambiguas mucho más al sur de este límite cultural. Por su recurrencia en La Caldera, se hace necesaria una pronta caracterización del estilo “Toro Muerto” toda vez que una parte de las figuras lleva el sello de la técnica y la representación peculiar de los motivos en el sitio epónimo de Toro Muerto en el valle de Majes. El otro estilo presente en los demás bloques de la ladera representa una ejecución de figuras bastante simple y no diagnóstica; a este estilo lo estamos denominando como representaciones costeras por su mayor representatividad y recurrencia en la costa del extremo sur de Perú. Por último, los datos presentados son
aún preliminares y se hace necesaria una evaluación más puntual sobre la
distribución de los petroglifos en Alto La Caldera y a lo largo del camino
Vítor – Arequipa. El aspecto cronológico relativo presentado aquí es el
reflejo de una evaluación preliminar de las figuras y los bloques hallados a lo
largo del camino mencionado. Agradecimientos A la Agencia de Cooperación Internacional en Chile (AGCI) por el sustento económico durante el postgrado de Maestría en Antropología de la Universidad de Tarapacá y Universidad Católica del Norte. Al Convenio de Desempeño de la Universidad de Tarapacá, sede Arica por la Beca CD N° 030/10 UTA, y la Beca de Apoyo de Matrícula postgrado Doctoral MECESUP-UCN0703. Un agradecimiento especial al Dr. Bernardo Arriaza del Instituto de Altos Estudios de la Universidad de Tarapacá, al Dr. Iván Muñoz Director del programa de postgrado en Antropología de la misma Universidad, por su constante apoyo en la superación profesional del suscrito. A los revisores anónimos por sus observaciones en una primera versión del presente artículo.
—¿Preguntas, comentarios? escriba a: rupestreweb@yahoogroups.com—
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